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18

Jun

Páralo todo por un momento e intenta llevar la atención a tu mano izquierda.

La mano goza de una estructura anatómica privilegiada y de una representación importante en parte del córtex cerebral, ambas cosas destinadas a capacitarla para la realización de movimientos muy precisos. Esa mano tuya, además, tiene su historia propia repleta de vivencias: desde las caricias recibidas a las dadas, pasando por la fortaleza de un puño, las líneas que se ven dibujadas en la palma, o ciertas cicatrices e incluso golpes que tal vez te hayan dejado algún que otro dedo desviado ¿Cuánto pesa todo eso?

¿Cuánto pesa tu cabeza al final de un duro día de trabajo?

Y mientras te desplazas, ¿cuánto peso soportan tus pies? No me refiero al que indica la báscula, si no a tu sensación. Hay personas de bajo peso que cuando corren se hunden en el suelo y necesitan realizar mucho esfuerzo para volver a alzarse, como si quedaran atrapadas por arenas movedizas. Estas personas se sienten densas y a merced de la fuerza de la gravedad, como si llevaran una maciza armadura por debajo de la piel que dificultara la progresión del paso y, sin embargo, también hay personas de grandes dimensiones que se relacionan con la superficie de apoyo con sigilo, de una manera tremendamente grácil. ¿De qué estás hecho?

Hay muchas razones que aumentan la sensación de peso, pero se me ocurren al menos tres recursos con los que contamos para sentirnos ligeros y que, a menudo, se desdibujan:

El primero tiene que ver con la claridad de las partes de las que estamos constituidos y su coordinación. Cuando una persona ha tenido un brazo escayolado y tras varias semanas se lo liberan, debe dedicar un tiempo a descubrir de nuevo esa región y a reaprender a manejarla. Esto ocurre porque lo que no se usa se pierde, Use it or lose it. La pérdida tiene lugar en el cerebro, en la representación cortical de esas regiones estancadas, y con frecuencia guarda relación con falta de movimiento, ya sea por lesión, por mala gestión biomecánica o por sedentarismo. Me entendéis si os digo que esto genera sensación de pesadez, ¿verdad? Mejorar en estos aspectos requiere tiempo y entrenamiento (el método Feldenkrais trabaja con ello), pero es posible y me parece algo precioso. Lo digo de nuevo: clarificar las partes que constituyen el cuerpo y aprender a coordinarlas con adaptabilidad aporta ligereza.

  El segundo recurso es el espacio articular: en el cuerpo humano hay más de doscientos huesos que se relacionan entre sí mediante articulaciones de diversos tipos. En una rodilla sana, por ejemplo, además de existir elementos estabilizadores y cartílagos con efecto “almohadilla”, hay cierta distancia entre fémur y tibia que contribuye a la libertad de movimiento en ausencia de fricción. Que los huesos no rocen entre sí concede ligereza a la acción.

El tercero, en el que me adentro con mi timidez y que me perdonen los expertos, tiene que ver con la física: la materia está constituida por átomos que contienen a su vez otros componentes de menor tamaño. Parte de estas diminutas subpartículas está en movimiento constante pululando por áreas que, en comparación, parecen inmensas. Algo parecido pasa si nos ocupamos de elementos muy grandes: la presencia del planeta Tierra es insignificante en relación al espacio existente en su galaxia y es que la materia de la vía láctea, del universo, es una nimiedad comparada con el espacio sin partículas. Einstein decía que el mundo físico no es sino una manifestación de lo inmaterial.

Y a todo esto, ¿cuánto pesa tu mano izquierda? ¿Crees que pesará lo mismo mañana?

Salir a correr y sentirse tosco no es algo infrecuente. A veces me acuerdo de Chillida y su Peine del Viento: por si alguno no lo conoce, diré que son estructuras, generalmente de acero, que se disponen sinuosas cerca del mar permitiendo que el viento circule entre la solidez de sus formas. Y lo peinan. Me parece maravillosa la imagen del aire jugando entre los huecos de esas esculturas, creo que otorga al hierro cierta liviandad y remarca la importancia de la interacción con el espacio circundante.

Cuando salgas a caminar o a correr, levanta un momento los brazos y siente lo dulce que puede ser acariciar la brisa en vez de luchar contra ella; siente también la cantidad de espacio que tienes dentro porque tú no eres una mole de acero.

Cuando salgas a caminar o a correr, piensa que quizá no sea muy descabellada la sensación de que tú eres el viento.

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