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07

Oct

¿Os habéis parado a pensar en cómo, un día tras otro, un perro recibe a su “dueño” cuando este vuelve a casa? Decía Milán Kundera en La Insoportable Levedad del Ser que esa manifestación insaciable de entusiasmo, casi de enamoramiento sin fecha de caducidad, era impensable en el ser humano. Por lo general nosotros anhelamos novedades y  nos cansamos de la rutina: “El tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir”.

A mí me angustiaba hasta hace poco la repetición. Creo que puedo hablar de ello como de algo pasado desde que vi con otros ojos el acueducto de Segovia: una sucesión de arcos y piedra encajada que, precisamente por su longitud y reproducción, produce un hermoso efecto visual.

  También ocurre con los artesonados árabes o con los azulejos de las fachadas en Portugal. En algunas piezas de ópera se repite la misma frase bastantes veces, pero ninguna es idéntica  y el conjunto adquiere un cuerpo fantástico. La luz no incide igual en todos los rincones de Lisboa y tampoco vas a abrir la puerta de tu casa hoy de la misma manera en que lo hiciste la semana pasada.

En clase de baile, la profesora ( Marina Santo ) nos invita a perder el miedo a la repetición de movimientos. También nos sugiere que busquemos la pausa, algo parecido a la repetición de estatismos. El resultado es realmente variado y evocador.

Caminar para ir al trabajo también podría caer en el saco de las acciones aburridas por repetitivas pero no es así. Colocar un pie tras otro, perder la estabilidad y recuperarla una vez tras otra mientras observas el entorno, te embriagas de él y a su vez lo completas no puede ser aburrido ni debe ser infravalorado. Yo considero el caminar como una construcción de pequeños detalles, tan elaborado  y artesanal como la  manera en que uno respira, cuando respira con calidad. 

Ya he mencionado alguna vez aquello que decía Ramón y Cajal de que el ser humano puede ser el escultor de su propio cerebro. Donde radica realmente el peligro es en el automatismo. La repetición por defecto y el hábito inconsciente sí son capaces de hacer mermar cualquier bienestar y me temo que somos muy dados a cometer ese error. 

He tomado la determinación de trabajar para que mis pacientes reconozcan y alimenten su faceta creativa. No es posible abrir la puerta a una persona con dolor y repetir un abc terapéutico sin individualizar y atender a la multitud de aspectos que están detrás de sus síntomas. El movimiento no puede conformarse con automatismos, ha de estar al servicio de la acción ilusionada  y saludable.

 

O cumplo con eso, o me convierto en perro.