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16

Feb

De manera tradicional el contacto del pie con el suelo se ha clasificado en tres fases, la de apoyo inicial de talón, la amortiguación con apoyo completo y la propulsión a través de los dedos. Estas tres fases no son fijas y tampoco el orden por el que hay que comenzar a hablar de ellas, así que yo elijo empezar por el final. Hablemos pues del despegue o propulsión del pie.

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Estamos muy acostumbrados a escuchar conceptos de pronación o supinación a modo de etiquetas del tipo “soy soy supinador” o “mi calzado es pronador”. La parte interesante de esto es que se va creando conciencia de que hay prestar atención al pie porque no siempre funciona correctamente y quizá haya que echarle un vistazo; la mala es que igual esa atención no es la más acertada. Hablemos de la pronación.

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El músculo tibial posterior es el más grande de la cara interna del tobillo. Comienza en la cara posterior de la tibia, membrana interósea y peroné y baja para pasar por debajo del maléolo tibial formando un ángulo de 90º (zona de conflicto) y acabar insertándose en el calcáneo, escafoides, parte de las cuñas y bases de los metatarsianos centrales. Su función general es la de girar la planta del pie hacia adentro (supinar) mientras lo desciende, es decir, realiza el movimiento de inversión. La función específica, e importantísima para el apoyo adecuado del pie en la marcha o la carrera, es la de estabilizar mediante un trabajo excéntrico el descenso del arco longitudinal interno, el puente, cuando el peso del cuerpo y la fuerza de la gravedad tienen a aplanarlo. Para este trabajo también recurre a la colaboración de la fascia plantar, que proporciona cohesión al puzle óseo del pie.

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